Genealogía del peso
- Marcelo Sonenblum
- 29 dic 2025
- 1 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días

En el alba severa de los días prósperos,
cuando el hombre descubre que el orden, por fin, lo reconoce,
aparecen —como sombras que olvidaron su origen—
los parientes del ayer:
los que nada dieron,
los que nada pidieron
cuando uno era apenas una duda.
Vienen con voces antiguas
que pronuncian el apellido como si fuera un talismán,
y reclaman un lugar en la mesa
que jamás ayudaron a poner.
Nada dicen del tiempo en que uno era invisible,
del hambre que no compartieron,
del frío que no se atrevieron a nombrar.
La sangre, ese mito fatigado,
se vuelve argumento y cadena.
Y uno aprende, con la lucidez amarga de la madurez,
que la familia no es un mapa heredado
sino un territorio elegido.
El éxito —palabra inútil que apenas roza la verdad—
atrae a estos peregrinos tardíos,
devotos del beneficio,
orfandades que reclaman cobijo
como quien toca una puerta que no construyó.
Pero la vida, que todo lo ordena,
enseña una lección de líneas rectas:
no hay deuda con quien nunca estuvo,
no hay culpa en cerrar el umbral,
no hay traición en preservar la paz que uno conquistó
con su propio pulso.
Así, comprendemos al fin
que el destino del hombre es ligero
cuando sólo lleva consigo
a los suyos:
los que estuvieron en la sombra,
los que jamás contaron monedas ajenas,
los que ofrecieron presencia
cuando no había nada que repartir.
El resto es ruido genealógico,
un eco que se extingue
en el largo pasillo del tiempo.




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