El juego del tiempo
- Marcelo Sonenblum
- hace 5 días
- 2 Min. de lectura

Nadie supo quién los convocó. Einstein llegó primero, despeinado como si hubiera corrido desde la eternidad; Dalí apareció después, abrazado a un reloj que chorreaba como manteca al sol; y Berlín —el de La Casa de Papel— ingresó como si la vida fuera una ópera y él, su tenor inevitable.
En el centro, una presencia sin rostro ni forma latía: el Tiempo. No hablaba, pero imponía una autoridad que ni la física, ni el arte, ni el crimen podían desafiar sin pensarlo dos veces.
—Caballeros —dijo Berlín, inclinándose como quien corteja a una reina invisible—, ¿a qué hemos venido?
Einstein, ajustándose el bigote, murmuró:
—A competir, supongo. Todo en el universo es una competencia silenciosa… incluso nosotros.
Dalí soltó una carcajada líquida:
—Competir contra el tiempo es como intentar besar una sombra. Absurdo, delicioso y, por eso mismo, irresistible.
El Tiempo marcó el inicio golpeando el piso; no hubo sonido, pero sí una vibración que les cruzó los huesos.
El juego era simple: cada uno debía alterar un minuto de la realidad sin que el Tiempo lo detectara.
Einstein fue primero. Movió una ecuación mínima, un número decimal que apenas se desvió como una hoja en la tormenta. Ese desvío microscópico cambió el comportamiento de un neutrino en algún lugar del cosmos. El Tiempo lo miró sin ojos, como diciendo: te vi igual.
Dalí, con una teatralidad que rozaba lo insolente, tomó un minuto cualquiera y lo estiró hasta dejarlo flácido y brillante. Lo modeló en forma de caballo, luego de lágrima, después de campana rota. El Tiempo observó el espectáculo… y dejó caer un temblor que devolvió el minuto a su rigidez original.
Berlín, en cambio, no hizo nada. Caminó. Habló. Silbó. Y cuando se sintió lo suficientemente cómodo, robó. No un minuto: robó la sensación de un minuto.
Se llevó la espera de un abrazo, la pausa antes de un disparo, la respiración contenida de alguien que está por decir “te amo”.
El mundo parpadeó. Algo se sintió fuera de eje.
El Tiempo reaccionó, pero tarde.
—¿Qué has hecho? —preguntó Einstein, fascinado y horrorizado.
—Lo único sensato —dijo Berlín, guardándose lo robado en un bolsillo imaginario—. No se puede ganar contra el tiempo, pero sí se le puede quitar el placer.
El Tiempo se agitó. No con furia, sino con una especie de desconcierto. Como si de repente descubriera que incluso lo inevitable podía ser sorprendido.
Y, sin previo aviso, desapareció.
Einstein quedó calculando lo incalculable.
Dalí pintó un reloj sin manecillas.
Berlín, sonriente, se marchó caminando hacia ninguna parte, con un minuto robado sonando, leve, en su bolsillo.
Nunca hubo ganador.
Ni hubo lección.
Solo quedó el eco del único juego donde hasta el Tiempo tuvo que retirarse un instante a pensarse a sí mismo.




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